Te veo. No te das cuenta pero te veo. Siempre te he visto, hasta cuando no te conocía. Veo perfectamente tu rostro que se desdibuja en cada paso que das. Veo tus manos, que podrían construir ciudades completas, atadas por un delgado hilo de sumisión que impide que las sueltes.
Te veo en tu caja de cristal que en vez de protegerte del mundo hostil, guarda toda la hostilidad del mundo. Veo tan claro y te veo tan difuso que tu imagen me persigue en las noches. Te sueño. Te sueño vivo, medio vivo y las noches menos afortunadas te sueño muerto y no puedo hacer nada para impedirlo. Y es que, esta vez, tampoco te puedo salvar.
Me hablas. Me hablas desde lejos y sin saberlo. Me dices palabras que no logro descifrar y me atormentan los días en los que me siento más débil. No me escuchas. No te entiendo. No me puedo mantener en pie cuando te siento cerca aunque no te conozco. ¿Quién eres? ¿Cuándo comencé a ver dentro de tu caja de cristal? ¿Quieres algo de mí?
Te hablé. Me escuchaste. No me entendiste. Y yo sigo sin saber quién eres. Hoy escucho como golpeas tus paredes de cristal, esas paredes que tu mismo construiste y que te dejan fuera del mundo, cada vez más lejos de ti. Sé que si me volteo, veré como te llenas de barro como un niño que juega fuera en una tarde lluviosa, sólo que para el niño ese barro es inofensivo: sólo pescará un resfriado y un buen regaño. Mientras que tú te ensucias, te endureces, te momificas, te invalidas, te anestesias y te desdibujas cada vez más.
¿Quién eres? ¿Por qué duele tanto verte? ¿Qué generas en mí que desajusta mi sistema?
Sólo sé que tampoco puedo salvarte…
¿Tendré que quedarme observándote desde afuera? ¿Cómo hago para devolverte la calma, los colores, las ganas?
Esta vez tampoco puedo salvarte… ¿y si quisiera? ¿Si tratara de estallar tus cristales y devolverte el aire fresco, lo hermoso de los pequeños detalles, las sonrisas? ¿Me dejarías?
… tengo que recordar que no puedo salvarte… no debo olvidar que no puedo salvarte… no debo…

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