Me encantan los aeropuertos, me encantan hasta cuando huelen a despedidas. Creo que nací con alas... de metal, porque no me gustan los pájaros y me niego a tener alas con plumas. Me niego tanto que no toleraría ser ángel alado.
A lo que voy, hace unas semanas estuve muchas horas en un aeropuerto. Esperando. Con un aroma a bienvenida que inundaba todo. Leyendo, tomándome un café, observando desde arriba: la ventaja del vuelo.
La verdad es que me fui, no estaba ahí, mi cuerpo no me pertenecía sino que fui parte de todos. Logré conectarme con cada pecho que latía con ansías por su espera, que seguramente era mucho más larga que la mía. Imaginé historias hermosas, de esas que sólo ves en las películas, que tienes la certeza que no ocurren en la vida real. Y decidí hacerme mi propia película.
A todas las historias les puse mi rostro.
Fui recibida por mi padre, un señor mayor, que me llevó un hermoso ramo de flores. Sus ganas de verme lo hacían verse joven, era el primero detrás de la puerta de salida y sus ojos brillaban como si me viese volver a nacer.
Luego me recibió mi familia, una hermosa pequeña de 3 años en brazos del amor de la vida de ambas. Ahí estaban las sonrisas más amplias que he visto, sonrisas donde cabía el mundo entero y se transformaba en un hermoso jardín eterno, con toda la gama de colores. Un mundo para nosotros tres. El abrazo de bienvenida nos convirtió en uno de nuevo y así me fui a casa.
Me esperaban mis amigos, con pancartas, música, sombreros divertidos, corazones y gritos. El resto desaparecía, su alegría llenaba el espacio, sus colores pintaban mi país de bienvenidas. Creo que pasé mucho tiempo fuera, las lágrimas no me dejaron observar sus rostros pero podía escuchar sus voces y saber quienes estaban en esa multitud de abrazos.
También me esperabas tú… de nuevo… como lo habías hecho miles de veces antes. Yo volvía cansada de tanto mundo, con dolor de espalda, con mucho equipaje, sin haber comido, con cara de haber llorado y con la sonrisa quebrada una vez más. Me sabía esta historia de memoria pero esta vez no te veía. El aterrizaje había ocurrido hace rato y sentí de nuevo turbulencia. Me detuve. Me congelé. Dejé que salieran todos y observé todos los abrazos acumulados que tenían para darse. ¿Realmente te habías cansado de buscarme? ¿Ahora sí terminaba nuestro itinerario? ¿Me habías olvidado y esta era tu manera sutil de decírmelo? Se fueron casi todos. Mi vacío se incrementaba. ¿No estabas? Comencé a caminar de nuevo y ahí estabas, sentado, cansado del mismo mundo, con cara de haber llorado, con tu sonrisa quebrada por primera vez y dispuesto a cargar mi equipaje una vez más. Me acerqué. Solté mi equipaje. Te besé y sentí que tenía otra oportunidad. No sabía quién me la había dado o si realmente la merecía. Ahí tu sonrisa comenzó a sanar y mis colores comenzaron a aparecer. Un instante eterno de miradas sin promesas, donde los testigos se sentían pecadores al observar tanta pureza.
Esa fue la historia más hermosa, la que no vi, la que imaginé y le dibujé un rostro difuso pero con una sonrisa clara. No sé qué ocurrió después, tampoco sentí que debía saberlo. Para mí, se llevaron ese instante a su vida para siempre, ella dejó de dar vueltas y él dejó de cargar su equipaje.
Así quiero soñarlo siempre.
Y creo que aun me quedan historias por contar…

Así quiero vivir para siempre. Quedarme con los instantes, no en ellos. Pero es tan difícil...
ResponderEliminarestá bellísimo! creo que me identifico demasiado con ese texto, es como si quisiera que fuese mi historia en el aereopuerto...
ResponderEliminarsigue Atenea que nadie ni nada te detenga de escribir piesas tan hermosas!